Un tipo se dispone a pagar 26.000 € por cenar con la actriz Scarlett Johansson y a parte de sentir una envidia insalubre por la cartera del sujeto me hago la siguiente pregunta…¿Vale la pena? La cuestión, que en un principio podría ser fácil de responder deja entrever algunos sombríos nubarrones cuando te detienes a desmenuzar la situación.
La gachí en cuestión es una hembra despampanante, melena áurea, senos voluptuosos, mirada angelical, labios ardientes, piernas kilométricas y culo respingón, vamos, un dechado de lozanía para enlazar del talle y contonearse por los bulevares mas distinguidos con gesto triunfante ante la mirada absorta del personal masculino y las criticas soto-voce de las damas, ocultando en ellas un poso de envidia cochina.
Y es que los hombres , a mi modo de ver, aprecian la belleza estética de manera diferente a la mujer, prefieren gozarla a tenerla y disfrutarla a generarla es por eso que cometen las locuras más rocambolescas por conseguir los favores de una madama que les ha cautivado, aunque tardamos poco en distraer la mirada con otras joviales parentelas, en cambio en la mujer es más difícil advertir este comportamiento, si acaso pueden llegar a obsesionarse con algún hombre en concreto, llegando incluso a los más fatales e insospechados desenlaces. Perdonenme que no me extienda mas en los comportamientos amatorios de las mujeres pero algunas facetas del mal llamado sexo débil son aún para mi un enigma por resolver.
El caso es que salir de manduca con la Johansson a sabiendas que te vas a quedar sin postre no se si es la mejor idea, las cenas siempre fueron antesalas de noches gloriosas y preámbulo de dos orejas y rabo, en efecto queridas lectoras, nosotros siempre tenemos algo mejor que hacer que salir de punta en blanco a cualquier bufé engalanado con velas y mantel de raso pero es la testosterona la que mina nuestra voluntad.
Así que, estimado petimetre, si solo se trata de ser el convidado de piedra de tan magna doncella y no vas a tener ocasión de saborear el almíbar de su boca ni de deambular por su epidermis mejor dedica ese parné a otros menesteres, ya que cuando veas que el epílogo de tan frugal cita se reduce a un fraternal beso te tocara aliviar tus más tórridos deseos con alguna socorrida manualidad. El sabor de la miel no es mas dulce por estar cerca de la colmena… te lo dice la boca del asno.
